viernes, 11 de septiembre de 2015

¿Liebre o lobos: detrás de quién corres?



Agosto 11


¿Liebre o lobos: detrás de quién corres?
A mi hijo
Ahora que, desde ayer, se hizo público este blog tengo mucha emoción y ansiedad, no sé qué esperar, no he podido escribir ni una línea más y quisiera decirle a todos: ¿Has leído A diario me pregunto? ¿Qué te pareció? Me muero de la curiosidad, y ésta no la puedo matar en mi propia casa, creo que ellos se contentan, y me han leído porque los invito a hacerlo (me han dicho que les gusta, que qué bueno), quizás es mucho pedirles que se alegren al verse allí retratados al desnudo o de que yo me desnude públicamente. No tengo idea de lo que esto pueda significar para ellos, ni de las consecuencias que este diario tendrá en nuestras vidas, pero lo que sí sé es que aquí todavía se tiene la mala costumbre de callar y de no hablar de lo que incomoda, de creer que se-da-por-sobreentendido, de no aclarar, ni hablar demás.

Abro el blog, lo veo  bello (modestia aparte), y le consigo detallitos a los textos y los actualizo, pero me palpita el corazón porque no tengo idea de para dónde irá este proyecto, y además que no lo puedo compartir abiertamente con todo el mundo. A casi nadie le puedo decir: disculpa, te dejo porque me voy a escribir en mi blog, creo que me caerían a preguntas que no estoy dispuesta a contestar jaja. Y ante la típica pregunta: ¿y qué estás haciendo en tu jubilación?  Tampoco puedo decirle a todos que-estoy-escribiendo; y a quienes se lo digo me dicen: ¿y sobre qué? ¿Y qué más estás haciendo? Escribiendo, nunca es suficiente para la gente esa respuesta (suspiro)


En estos días mi hijo me increpó: - Mamá, puedes ganar en dólares haciendo esto y aquello, mamá hay que preocuparse por el futuro, porque esta situación está muy difícil, uno-nunca-sabe… y  yo le dije que sí, que si se daba la oportunidad lo haría. Pero que no estaba dispuesta a dejar de escribir, ni de hacer terapia, ni de conseguirme a mí misma por andar buscando una recompensa vana. Una recompensa hacia la cual corrí durante buena parte de mi vida; que yo entendía lo que significaba tener 25 años en las condiciones en las que está el país; pero que yo tenía 52, y que ya lo habíamos criado y llevado hasta hacerse de una profesión, que ya teníamos casa y carro, y no había muchacho chiquito a quien levantar, y que por eso no iba a lanzarme a correr tras la liebre, que no compraba más ese discurso, mi papá me lo vendió, y yo, a trocha y a  mocha obtuve el más alto grado universitario, hice la carrera hasta el último escalafón, con honores y demás  ¿y?, aquí estoy, en medio de un país en bancarrota moral y económica, limitada en ese crecimiento que le compré a mi papá, de-esa-jubilación-tranquila, no, qué va. No hijo, lo lamento, no puedo seguir corriendo tras la liebre que me muestran afuera cuando los lobos están adentro aullando y jodiendo, queriéndome devorar; no puedo seguir apostando sólo a ese tipo de desarrollo que me propones. 
Ahora es tiempo de atender a lo que está adentro porque si esta situación va apretar sólo a ese Dios que habita en mi interior puedo recurrir, y si cuando afuera arrecie la cosa y no sepa cómo me siento adentro ¿con qué respondo? ¿Con qué respondo si decides irte del país, con qué ante la muerte y la enfermedad en medio de tanta precariedad? ¿En dónde puedo conseguir a Dios más que dentro de mí? ¿Cómo le tiendo la mano a quien lo requiera? ¿De dónde saco las fuerzas en mi debilidad? No, no puedo seguir atendiendo las voces de afuera por mucho que me guste complacerte, hoy con convicción te digo NO, como sé que se lo diré a tu papi o a mi padre, o a cualquier otra persona de las que quise complacer a toda costa, incluso a la mía propia.


Entonces hijo querido, hoy por vez primera, ante las imperiosas y contradictorias exigencias tuyas te digo: -No, y lo hago con convicción, porque al haber seguido esas voces de la autoridad externas me hicieron ponerle capas a mi propio fuero interno, a mi propio yo, y cuando se requería de mi fortaleza interior, y ustedes no estaban ahí para decirme qué decir o qué hacer lo que aparecía era mi furia, una gran rabia porque no sabía lo que quería, no tenía a dónde recurrir. Por eso he decido invertir en mí misma, he decido, como dice Henry Nouwen, buscar  la voz interior del amor...  y esa será la única herencia que, Dios mediante, te podré dejar.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

¿Llegará el día guerrera?

¿Llegará el día guerrera?
Julio 28

     Eso te pregunto hoy, después que me tienes dos días al borde del llanto y del enojo. Después de que mis pantorrillas están tan tensas que parecen haber subido todas las escalinatas de Roma el mismo día. Que mi hombro izquierdo apenas puede moverse sin dolor y la contracción alcanza mi rosto, me imagino un rictus (que desconozco) porque cuando me observo al espejo, por buen hábito, me sonrío, aunque sea para burlarme de mí misma; al cabo de todo el cerebro no es tan inteligente como nos han hecho creer, y no sabe si estás de veras feliz o sólo finges para proveerte de una carga de endorfina jaja. La apariencia, lo que ven los demás, la pinta, el buen aspecto, el caché, el porte, de eso vivimos -dijo el predicador colombiano- como muchas familias latinoamericanas, vivimos del fingimiento, del silencio, si no se ve no se nombra, y si no se nombra, no existe. Si todo-está-bien,  ¿cómo carajo vamos a permitir que Dios arregle algo que no queremos ver y mucho menos nombrar?
    Eso, y “la mujer en tiempos de Jesús no era nada sin los hombres”, fueron 2 frases que echaron por tierra toda mi teoría de que esa guerrera se había aplacado, que ella había sido incorporada a mi vida actual, que su fuerza y su rudeza, como una melena enmarañada ante la keratina, se había amansado y domesticado. Pues no, ahí, ante esas palabras que me zarandearon, saliste tú, mi temida guerrera, con tu acostumbrado ímpetu, con tu memoria muscular intacta, contraída y a la defensiva, lista para el combate. Realmente no sé cómo llamar esa lucha para la cual te preparas. Si hablar con uno mismo se llama monólogo, ¿cómo se llamará luchar contra uno mismo? ¿Autoembate? Así mismo es el diálogo que se genera entre lo que siente la guerrera y lo que yo deseo admitir (o soy capaz de admitir), tal como el terrible y constante embate de las olas, así actúa tu ira, tu impotencia, tu indignación en toda mi construcción, mi ideación de mí misma. Quiero decir todos mis esquemas se horrorizan de tu ira, se atemorizan con tu mirada, hasta el punto que te esconden debajo de las muchas etiquetas que me he puesto, que me han puesto: mujer, madre, esposa, católica activa, cincuentona y profesional de más alto grado, educada, culta… y todo lo que eso conlleva. Lo primitivo, lo instintivo, lo visceral de tu reacción es contrario a cualquier raciocinio, que te niega, que no te quiere ver, que he jugado contigo a las escondidas y que cuando te encuentro corro hacia la taima para librar a todos (menos a ti) para que no aparezcas más.
    Pero qué va, esa furia instalada en mi cuerpo desde la niñez tiene muchos resortes de alta tensión. Fueron muchos años de no comprender por qué era tratada de forma diferente a mis hermanos (ellos sí podían y yo no, siendo la mayor), muchos años en los cuales vi a mi padre tratar con predilección a personas totalmente ajenas a nosotros mientras era indiferente a nuestras necesidades, incluso nos apartaban de él si teníamos alguna enfermedad contagiosa; muchos años de guardar-las-cosas-para-las-visitas: comidas, chucherías, muebles de la casa, enseres, al punto de no sentir que las cosas que habían allí eran nuestras, ni siquiera nuestra casa lo era. Se mantenía la férrea disciplina del hogar gracias a mi madre, quien se creía el cuento de que los hombres tienen todo el derecho. Fui regañada y descalificada por ella y por él, y luego por mis hermanos, por apostar a ser diferente, a ser la rara, hasta sentirme, la malquerida.
   Crecimos con la apariencia de una familia normal, además, a-nosotros-nunca-nos–faltó-nada, y qué-más-podíamos-pedir. Con los años lo que mi memoria fue borrando, mis células lo han ido guardando; lo que mi culpa fue transfigurando, mi subconsciente lo fue conservando intacto, esperando el momento en que te buscara y me atreviera a mirarte a los ojos. Tan sólo al mirarte, allí contraída y enfurecida, indignada porque no habías sido aceptada ni amada por tus padres, y furiosa conmigo porque ni te reconocía, ni te aceptaba, y mucho menos te amaba. Ahora al menos sé que la lucha que tienes es conmigo, con esta adulta que todavía le da pena reconocerte y no se atreve a mirarte a los ojos y decirte, desde lo más hondo de su corazón: tranquila guerrera, yo estoy aquí para abrazarte (incluso con tus miserias), no pasa nada si te equivocas, y si no eres igual a los demás, tranquila que Dios que te creó, te conoce y te ama tal cual eres. Ya llegará el día guerrera, en que no te tema abrazarte.

lunes, 7 de septiembre de 2015

¿Quién sostiene esta locura, Señor?

¿Quién sostiene esta locura, Señor?

Julio 27
El título no podía ser otro. ¿Qué es lo que se mueve dentro de mí? ¿Cómo se llama esta sensación de insatisfacción y desasosiego que me habita? ¿Qué nombre le pongo? ¿Impotencia? Me siento entre triste y derrotada, me siento entre dos aguas y al borde de tomar una decisión. Es un deseo terrible de salir corriendo de esta pesadilla diaria, de esta forma de apretarnos para sólo estar pendientes de las cosas materiales, me falta la harina, el aceite, el café, el azúcar,… la batería del carro y los pañales para el abuelito en cama, la cola de aquí, la de allá. Todos igualados por la necesidad, la más básica de la pirámide de Maslow... ¿Quién carajo puede pensar en la autorrealización? y lo más triste es que esto no genera solidaridad, por el contrario, hay una necesidad terrible de acumular y de guardar, quienes pueden, por supuesto. Es muy difícil conversar sobre esto con la gente, todos, y con razón te dicen: en momentos de crisis las mujeres se crecen, quienes confían en el Señor no desesperan, o se empatan en una serie de improperios en contra del régimen y de la situación que se avecina que te dejan por el suelo y sin esperanzas.
Creo que nunca como antes había sentido deseos de irme, huir de esta pesadilla que no te da un momento de tranquilidad, quizás mi sueño, el que tuve hace algunos meses en el cual estaba con un amiguito y queríamos entrar al mercado y cada vez encontraba las puertas cerradas, era un absurdo muy kafkiano, y en el sueño terminaba diciendo: “Me voy a volver loca”. Así me siento hoy, ayer también lo percibía así,  si me mantengo enredada en este modo de ver las cosas voy a enloquecer, porque me duele no sólo lo que me sucede o pasa en mi casa, en casa de mis padres o mis suegros… me duele las largas colas llenas de niños, mujeres y ancianos por conseguir el sustento diario, me indigna verlos sentados más de 12 horas en la calle y a la intemperie para comprar a un precio “justo” irreal, inventado para sostener lo insostenible, un país comiendo y consumiendo sin producir, largas colas de gente que no trabaja para luego vender lo comprado por 300 o 500 veces el valor de lo pagado, nada que ver con la cordura, ¿quién sostiene esta locura Señor? Por favor, dime Tú.

viernes, 4 de septiembre de 2015

¿Tiene precio tu silencio?

¿Tiene precio tu silencio?

Julio 19
Hoy me ha resultado difícil sentarme a escribir, temo descubrir cosas, a veces me pasma la claridad con que mi interior se desborda mientras mis dedos aprietan las teclas y llenan de paticas negras esta brillante pantalla blanca. El estómago tiene días hablando (ardor, acidez) y los músculos piden a gritos que escriba para aflojar un poco la contractura. ¿Qué está pasando? ¿Qué es lo que tanto me duele o me molesta? ¿Qué no aguantas callar? ¿Puedes en realidad decir todo lo que sientes y piensas? Me dicen que sí, siempre y cuando, lo haga asertivamente, está rudo, prefiero escribir (jaja).
A veces con mi esposo me pasa así, creo que ustedes ya lo conocen un poco: callado, racional, comedido, rutinario, a la tarea… E irrumpo en su silencio desbordada, tratando de decirle que todavía me siento sola, aún cuando los días transcurren y hacemos una cantidad de tareas juntos, y cada vez nos va mejor, yo siento que me deja sola, que en sus decisiones internas él se piensa solitario, e incluso, a veces se conforma sólo con responderse a sí mismo y nada de comunicármelo, tengo que adivinar o empezarlo a interrogar, y entonces me entero que tú pensabas invertir todo tu bono vacacional en el pago de esa deuda… ya tú lo habías decidido, mas no me lo habías dicho y yo quebrándome la cabeza, también sola, por mala y antigua maña.
En estos días, en una de esas conversaciones en las cuales lo interpelo y le suelto un cómo-me-siento, luego de un largo y difícil silencio me dijo: ¿por qué no me dices qué es lo que hago bien? ¿Es que no te das cuenta de todo lo que hago?, y yo queriendo responderle, me miró y me dijo: -¿por qué me interrumpes cuando sabes que me cuesta tanto hablar? Entonces respiré profundo, y me callé. Y se confesó conmigo, y me dijo: dentro de mí no hay certeza de por qué después de jubilado me tengo que poner a correr y hacer cosas de las cuales sé muy poco para conseguir una entrada extra, a veces me pregunto, por qué las estoy haciendo. En realidad no estoy muy convencido todavía, aunque la realidad del país me ha obligado a reaccionar, y no me queda otra que ceder a hacerlo; pero en mi interior quisiera todavía leer, estar en calma y contemplar, y ahora tengo que moverme rápido y eso no me gusta, por eso sientes que me tienes que mandar u ocuparte de cosas en las que no quiero pensar. A muy bonito, o sea, que aún cuando estamos juntos en la acción sigo sola en la motivación. Entones me toca ¿pensar en los menús, cocinar y sacar cuentas, y además, no tener un socio sino un empleado profundamente fastidiado con su oficio? Visto así no es igual que lo que se ve por fuera, las apariencias… De nosotros se ve tu carácter apacible y tu andar tranquilo, de mi la bulla y lo acelerado del paso, del pensamiento, voy como anunciando mi caminar por las calles, y en este mundo de varones, la mayoría de ellos piensan, sienten y callan, y tampoco quieren oírme hablar, ni moverles el barro que está pegado en el fondo del tanque, calladita-te-ves-más-bonita, diría Skipper, ese filósofo contemporáneo de los pingüinos de Madagascar.
¿Cuál es el precio de mi silencio? ¿Cuántas palabras no se ha enredado en mis músculos hasta convertirse en calambres de madrugada? A esa hora, justo a las 3 am, cuando el inconsciente sí se anima a hablar y a soltar todo lo que la boca calla o por generaciones ha callado. Ahí está el precio de mi silencio, músculos a los que se les olvidó hablar en libertad y sólo refieren dolor, gargantas con tiroides achicharradas por la inflamación y el bombardeo de mis propios anticuerpos, ¿qué deseo matar en mí? ¿Qué de mí no acepto ni reconozco como apropiado que lo quiero aniquilar? ¿Por qué me oprimes el omoplato, por qué el dolor en todo el centro de mi columna vertebral? ¿Por qué te compadeces de todos las ficciones que lees y no  te animas a leer mi cuerpo y compadecerte de mi dolor? ¿Por qué te interpelo, por qué?  

miércoles, 2 de septiembre de 2015

¿De dónde me viene?

¿De dónde me viene?
Julio 12
A veces, cuando observo o me asombran mis reacciones ante algunas cosas o situaciones, me detengo y pienso, y me pregunto: ¿De dónde me viene la obsesión por la perfección? De dónde no, de quién me viene la autoexigencia o el exceso de pensamiento por sobre la acción, los miedos que paralizan, la expresión de rabia ante un evento que no puedo manejar,… y pare usted de contar. He permanecido por mucho tiempo instalada en el deber: lo que tengo que hacer, lo que debo hacer, lo que mi exigencia me dicta que hay que hacer,… ¿lo que quiero? ¿Lo que deseo? Eso dejó de importarme hace tanto tiempo que ya ni sé cuánto hace de eso. Me impuse, quizás por controladora o autosuficiente, una serie de roles dentro de la casa, dentro del trabajo, dentro del grupo de la iglesia, en un cuadradito quise meter lo complejo de la vida, de las relaciones conmigo, con Dios, con los demás, me negué a mí misma, mi esencia, mi ser, para danzar al son que yo creía que los demás deseaban que yo bailara. Porque, ¿cómo saber a ciencia cierta cuál es la danza que le gusta a los demás?, jugando a ser Dios, y me lo creí, armé mi cubo, o mis cuadraditos: así en la casa, así en el trabajo, así en el servicio, así con los amigos…todos conectados por la exigencia, la perfección, la rabia ante la frustración, todo lo que pasaba por mis sentidos era tamizado ya por mi preconcepto de los eventos o de la gente, era escasa la observación, sólo pendiente de complacer hacia afuera. ¿Cómo comunicarme con Dios? ¿Cómo no ser egocéntrica? ¿Cómo comunicarme con los demás? De allí viene mi padecimiento crónico: la tiroiditis de Hashiomoto. Una enfermedad autoinmune, produzco anticuerpos que atacan a mi propia tiroides, la inflamó tanto que la dejó como una ciruela pasa, arrugada e inútil.  ¿Y a que no adivinan con qué está relacionada esta enfermedad? Con la comunicación, o sea, tengo un crónico problema de comunicación, ¡Ay Dios! ¿Ahora entienden cómo el cuerpo habla? ¿Cuál es su lenguaje? La inteligencia divina está en nuestras células, y ellas no se dejan engañar por todos los inventos que podamos tramar para acomodar las cosas que no están alineadas con nuestra dignidad humana, con nuestro propósito en la vida, con nuestro ser creado a la imagen y semejanza de Dios (Gn 1,27).
        La tiroiditis me ha acompañado desde los 23 años, precedida por terribles amigdalitis, en mi niñez me daban cada 15 días, ¿qué tal? La comunicación ha sido mi patica coja desde muy niña, ¿cómo habré creado ese patrón malsano? ¿Qué recursos tengo a la mano para desinstalarlo? He descubierto que cuando escribo puedo poner en concreto todas las ideas que dan vueltas en mi mente obsesiva, he descubierto que cuando escribo (para mí misma) puedo decir lo que siento y pienso, es decir, me comunico. Agradezco a Dios este talento para hacerlo, hoy lo estoy compartiendo con otros, y también le agradezco por ello. Así entonces es que he podido iniciar mi rehabilitación, incluso, cuando voy a terapia llevo mis escritos, cuando oro lo hago por escrito, le he escrito a mi marido, a mi hijo, a mis amigos… Dios que me creó libre y con un propósito en esta vida me ha dado los recursos y el talento para poder hacerlo, entonces entendí que al ser fiel a mi vocación es mi propia tabla de salvación.